A Dios se le afirma vitalmente, no racionalmente. Él no es la razón
última, impersonal, del universo para nosotros, sino la persona viva que
sentimos. No nos es dado resolver el problema de Dios pese a que en ese
problema está íntimamente trabado el problema de la finalidad del hombre,
de su existencia y la inmortalidad de su alma. Creer en Él es abrigar la idea de
que hay una mente universal que encamina mi vida
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